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El día que Ono me hizo sentir como si estuviera hablando con Telefónica

Hola niños, hoy toca contar un cuento de terror, de descontento y desconcierto. Un cuento donde el bueno pierde y el malo mata a la princesa. Un cuento del día a día y que día a día pasa en muchas casas. El cuento del hombre del saco que se lleva a los niños aunque estén dormidos y que el ratoncito Pérez se lleva los dientes y en lugar de dejar dinero, deja  un vale a deber por las molestias… Este cuento se llama “El muchacho y el dragón“. Agarren el peluche, porque les voy a contar la historia de un muchacho, llamémosle Unomás y de un dragón al que nos referiremos como Jono.

En el mundo en el que vivía Unomás, se pagaba a los dragones para que lanzaran unos hechizos que se llamaban internet y con los cuales te podías comunicar con el resto de las personas del mundo. Unomás se cambiaba de casa, necesitaba focalizar el hechizo para su nueva vivienda, así que contactó con uno de los esclavos de Jono para comentar el problema, este le comunicó muy apesadumbrado que la fuerza del hechizo de Jono no llegaba hasta su nuevo hogar, así que el muchacho, triste, se dio cuenta que tendría que cambiar de dragón, a pesar de no tener ninguna queja sobre los servicios que le prestaba Jono. El esclavo le comunicó que no podía marcharse, dado que estaba sometido a un segundo hechizo, el cual se llamaba permanencia. Estos hechizos eran muy poderosos, te obligaban a ser fiel a un dragón en concreto durante largos periodos, aunque este te dejara de gustar, o como en este caso, tuvieras que irte por la fuerza. La única forma de escapar del hechizo era compensando al dragón, es decir, pagarle, para que te deje marchar. ¿Por qué aceptaría esto Unomás? Es horrible pagar para poder irte si quieres… Pero en su momento no le quedó otra opción, todos los dragones se comportaban de la misma manera, así que al final, si querías el poderoso hechizo de internet, tenías que aceptar la pequeña maldición que este provocaba. Pero, ¿por dónde íbamos? ¡Ah sí! El esclavo de Jono le dijo que no se preocupara, que su maldición de permanencia expiraba el próximo mes, así que si esperaba, no tendría que sobornar al insaciable dragón.

Pasado el periodo de un mes, ya en su nueva morada, Unomás se puso en contacto otra vez con los esclavos de Jono, contento, pensando que ya podría dejar de tener el gasto que le suscitaba tener los servicios de Jono contratados, a pesar, de ya no estarlos usando.

– Darse de baja serían 50 monedas. – le dijeron al otro lado del comunicador.
– ¿Cómo? – preguntó Unomás desconcertado – Me habían dicho que mi maldición de permanencia terminaba este mes.
– No entiendo por qué mi compañero le habrá dicho eso, aquí lo pone bien claro, aún le quedan dos meses de estar maldito, así que si quiere darse de baja ahora, tendrá que abonar a Jono 50 monedas.
– Pero le repito, otro de sus compañeros esclavos me dijo que ya se expiraba este mes.

La conversación prosiguió durante horas, puede que días, Unomás estaba exhausto, cuando ya pensaba rendirse y aceptar que había perdido una mensualidad y que encima tendría que abonar 50 monedas a las enormes arcas de Jono, uno de los esclavos, rebelde, le dijo que por las molestias causadas, si transfería su maldición a otra persona, podría recuperar la mensualidad que había pagado de más.

Pasó otro mes, a Unomás no le habían devuelto sus monedas, así que volvió a llamar a los esclavos de Jono. Otra vez contó toda la historia y esta fue la respuesta que consiguió.

– No, no sé porque ha pensado eso, pero la devolución no se hace al mes siguiente, sino al mes siguiente del siguiente, porque la reclamación tardó dos días en hacerse efectiva, por lo cual, la factura ya había sido emitida y no se pudo hacer nada [(Vale, esto no me ha quedado con mucha fábula, pero cuenta eso como si fuera un cuento, ya que en sí, es un cuento, ¿no?)]

Unomás estalló de ira, otro mes más le habían tomado el pelo, así que comenzó el precipitado ataque contra el dragón.

Le empezaron a pasar de esclavo en esclavo, la batalla duró días, puede que semanas, pero Jono era poderoso, su maldición era poderosa. Unomás estaba decidido: ¿por qué si Jono tiene tantas monedas, se empeña en quitarme más y más? Tiró por el lado del razonamiento, del acuerdo, del chantaje… Nada funcionaba, no tenía la carta más poderosa, lo único que a Jono podría debilitarle… La amenaza. Ya iba a dejar sus servicios, no podía amenazarle con que se iría si no le daba bien la información. No tenía amigos o parientes que contratasen el hechizo de internet con Jono, así que tampoco podía tirar por ahí. Se enfadó, así que al final tiró por el más burdo intento, el grito: ¿Qué pretende usted de mí señor esclavo? Yo no tengo la bola mágica que consulta con tantas fechas e invocaciones, si no me transmite la información que ve, no puedo saberla, sólo quiero saber si me devolverán mis monedas.

Se hizo el silencio, Unomás pensó que tal vez podría haber alcanzado la victoria, la espera se hizo eterna, hasta que al final, al otro lado del comunicador la voz le contestó: “El próximo mes”.

FIN

Y bueno, quería probar si contándolo en forma de cuento se me hacía más leve el mal trago, pero no, me sigo sintiendo estafada. Me fui de telefónica por este tipo de trato y me lo he vuelto a encontrar… ¿Será verdad que todas las compañías de teléfono son iguales? Mucho me voy temiendo que la respuesta va a ser un enorme y sonoro “SÍ”.

PD: No estoy enfadada por tener o no que pagar una multa de permanencia, me enfadé por el vacilón que me metieron con la mala información y el mal trato que me dieron, tuve que hablar como con seis personas distintas para conseguir que me explicaran lo que había pasado y aún así, no me fi0 de que sea verdad lo que me han dicho… Fueron, ahora sin exageraciones, como una hora y poco al teléfono para no conseguir nada y sobre todo, terminar sintiéndome muy estúpida.

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